Desde hace más de ocho años, el swing ha reunido a cientos de bailarines en la villa, consolidándose como una comunidad sólida que revive las locas noches de los años veinte
Pincha aquí para escuchar
la banda sonora del reportaje
Rosa Oroya

Ocho y treinta. Cerca de la ría de Bilbao, un bar con enormes ventanales parece latir con vida propia. La brisa fresca, característica de las noches de los primeros días de primavera bilbaína, se cuela por el marco de la puerta de cristal, fusionándose con el calor y la energía del lugar. Las sonrisas se multiplican, reflejando ese gozo despreocupado que sólo se siente cuando el mundo parece detenerse. Con un look desenfadado, la gente hace retumbar el suelo de madera al compás del swing, balanceándose y girando de un lado a otro. El sonido frenético de los zapatos golpeando el suelo se mezcla con risas y aplausos, llenando el ambiente de pura euforia. En el centro, una pareja se mueve con gracia y alegría creando una atmósfera casi mágica.
Es miércoles, y como cada semana, Frentealagua se convierte en el escenario de la 'Dantza Soziala'. La asociación Swing Side, fundada en 2016 con el objetivo de promover y organizar actividades relacionadas con los bailes swing, se encarga de ofrecer este social de baile para todos los apasionados del género. Con dedicación y buen ambiente, esta comunidad ha logrado crear un refugio inesperado para quienes desean revivir el espíritu de los locos años veinte de Nueva York, en pleno corazón del País Vasco.
"Es una experiencia apasionante. Ver tantas caras felices, sentir la energía, la salud, la sociabilidad… es todo un mundo", comenta Sonia Ruiz de Arkaute con los ojos brillando de entusiasmo. Sonia es arteterapeuta corporal, artista multidisciplinar y profesora de baile, y de vez en cuando no duda en hacer el trayecto de Vitoria (donde reside) a Bilbao para sumergirse en esta fiesta atemporal.
Iván bailando en Frentealagua. Fuente propia.
Sonia viene de una familia de bailarines de rock and roll, por lo que siempre dice que el baile lo lleva en la sangre, y recuerda cómo su amor por la danza nació en su infancia, cuando su madre le dijo: "Cierra los ojos, siente la música y muévete como quieras". Esto fue en respuesta a una pequeña Sonia que se preguntaba cómo podía bailar como sus padres. Ese consejo, recibido hace 57 años, sigue guiando su vida y sus pasos hacia una conexión muy especial con la música y lo que esta le provoca. Muy acorde con su esencia, hay quien diría que Sonia está hecha para este tipo de ambientes.
En la otra punta está Carlos Valdivieso, técnico en una empresa de reciclaje de envases de plástico y bailarín aficionado de Lindy Hop. “Yo soy el vivo ejemplo de que cualquiera puede bailar esto. No sé si bien o mal, pero puedo bailar”, dice Carlos entre risas, recordando sus inicios en el baile. Aunque el gusto por el baile le nació tarde, lo cogió con ganas. En aquella 3 época, hace ya nueve años, esta corriente estaba más viva en Vitoria, no dudaba en hacer cada viernes un viaje para recibir sus clases. Aunque también remarca que, en comparación con otros tipos de bailes, como los caribeños (salsa o bachata), que quizás “solemos estar más acostumbrados”, el swing es “más difícil”, ya que es un baile “muy técnico”.

Luis y Sonia en el Hogar Navarro de Casco Viejo de Bilbao. Fuente propia
Presencia del swing
En su libro Jazz, Rock, and Rebels: Cold War Politics and American Culture in a Divided Germany, la historiadora Uta G. Poiger analiza cómo, durante la Segunda Guerra Mundial, la presencia de tropas estadounidenses en Europa, especialmente en países como Inglaterra y Francia, contribuyó a la expansión del jazz y los bailes swing. Este fenómeno permitió que ambos géneros ganaran popularidad temporalmente en el continente. Sin embargo, con el paso de las décadas, el auge del rock 'n' roll y otros géneros musicales terminó por desplazar estas formas de expresión cultural, relegándolas a un segundo plano en el panorama musical de la posguerra.
En diversos portales del género se menciona que el resurgimiento del swing no ocurrió hasta los años 90, impulsado por un movimiento global que buscaba revivir los bailes sociales del pasado. Un elemento clave en este renacimiento fue el redescubrimiento de películas antiguas con bailarines de Lindy Hop, lo que inspiró a una nueva generación. Uno de los ejemplos más destacados es el de los suecos Erik y Sylvia Skyla, quienes viajaron a Nueva York para aprender Lindy Hop directamente de Frankie Manning, considerado uno de los fundadores del swing. Sin embargo, en el documental Alive and Kicking, de Susan Glatzer, se narra cómo el auge comenzó en 1982, especialmente en Suecia, donde nació el campamento de baile Herräng. Este campamento, con su enfoque inmersivo, rápidamente se convirtió en un punto de encuentro tanto para principiantes como para profesionales del swing de todo el mundo, hasta la actualidad.
Demostración de Erik Robison y Sylvia Skylar de su Lindy Hop "estilo Hollywood". Fuente Estiloswing.es
En España, el swing llegó impulsado por el movimiento europeo, que ya había echado raíces en países vecinos. Uno de los momentos clave para su expansión en el país fue la gira de Frankie Manning por Europa, cuya influencia dejó una profunda huella en muchos bailarines. Según el libro Frankie Manning: Embajador del Lindy Hop, el legendario bailarín impactó especialmente en ciudades como Barcelona, que pronto adoptó formalmente este estilo, convirtiéndose en una de las primeras ciudades en tener una organización estructurada de Lindy. El nacimiento del Barcelona Lindy Exchange a principios de los 2000 desempeñó un papel crucial en la creación de una vibrante comunidad de swing en España.
Iker Domínguez y Gina Portillo, profesores de Little Harlem, una de las primeras academias de swing en Bilbao, fueron testigos directos de esa corriente. “En aquella época los dos vivíamos en Barcelona. Ya había probado algo de swing, pero no me había terminado de enganchar”, comenta Iker. “Sin embargo, cuando le di una segunda oportunidad, no pude parar. Además, era fácil: había muchísimas actividades relacionadas con el swing durante toda la semana. Llegó a sentirse incluso sobrecargado”. Su testimonio refleja la efervescencia que vivió la ciudad, donde el swing se convirtió en un fenómeno que atrajo tanto a bailarines experimentados como a nuevos entusiastas, sentando las bases para su posterior expansión en otras ciudades.

Iker y Gina bailando Lindy Hop en Little Harlem. Fuente propia.
En Euskadi, los que estuvieron al frente de la tendencia fueron los de Vitoria-Gasteiz, que comenzaron a organizar sociales en diferentes bares. “Sonia y yo nos conocimos en uno de esos, fui con un amigo, la vi sentada, parecía tranquila y todo – entre risas– y le pregunté si bailaba, y ya ves, hasta hoy”, narra Luis, profesor de judo y pareja de baile se Sonia.
De una familia de bailarines y de aspecto afable y fuerte, Luis, quien ha dedicado gran parte de su vida al baile, remarca que la presencia del swing se fue consolidando con la aparición de clases. “No creo que tardaron mucho, todo fue a raíz de la asociación Swingvergüenza. El mundo del swing en Vitoria creció y se volvió algo más formal. También, por el Festival de Blues que se celebra aquí en Vitoria desde hace años, que tiene bastante renombre y al final atrae a bastante gente”, menciona.
Swingvergüenza nace en enero de 2011 con el objetivo de "ser el punto de encuentro de todos los que quieran disfrutar del swing en Vitoria y alrededores, de su música, de sus bailes, de la interrelación entre personas, sirviendo de divulgadora de las diferentes actividades y trascendiendo a los grupos de las escuelas, todo ello sin ánimo de lucro", como ellos mismos se definen en sus páginas oficiales. Pocos años después, en 2015, aparece Donosti Lindy Hop Dantza eta Kultur Elkartea, que con sus festivales anuales a escala internacional como el Festival Donosti Belle Swing ha creado una comunidad muy sólida.
Y un año después, surge Swing Side en Bilbao, con Iván Nieto como representante, quien actualmente también enseña Collegiate Shag, uno de los subgéneros de los bailes swing. Iván comenta que el Lindy Hop no le encajó en un primer momento, aunque la pasión por el jazz le nació mucho antes. Al baile le tuvo que dar una segunda oportunidad: “Fue a raíz de unos amigos, ya habían empezado, y de vez en cuando me animaban a probar otra vez. Una vez que le di otra oportunidad, no paré de bailar. Como en los sociales no solo ponen lo que encaja mejor con el Lindy, me propuse aprender los demás estilos. Me resultó muy natural querer aprenderlos, pero fue todo un proceso”, comenta Iván sobre sus primeras experiencias.
Respecto a la comunidad de swing en Bilbao, añade: "La gente hace que esto nunca se pare. En Bilbao intentamos que todo esté organizado, pero hasta cierto punto es fácil de llevar, ya que mucha gente está dispuesta a aportar su grano de arena y compartir la alegría por esta pasión. No creo que amaine, más bien esto crece más y más. Cada social, sea como sea, es una oportunidad de vivir el presente mientras honramos el pasado del swing"


Swing Side en su celebración anual "Swing Weekend" por las calles de Bilbao. Fuente propia.
¿Qué tiene el baile que lo convierte en una experiencia tan adictiva?
Una y otra vez, la historia suele ser la misma: cuesta un poco encajar, pero cuando lo haces ya no puedes parar. Desde el punto de vista biológico, bailar desencadena la liberación de endorfinas, generando una sensación de bienestar y reduciendo los niveles de cortisol, la hormona del estrés. Así lo sugiere el artículo “How Dance Can Relieve Stress”, publicado en Psychology Today. Sin embargo, el impacto del baile va más allá de lo fisiológico; parece estar inscrito en nuestra naturaleza humana. “Los seres humanos tenemos una capacidad innata para procesar el ritmo y el movimiento. Cuando escuchamos música, nuestro cerebro genera impulsos que nos incitan a mover el cuerpo al compás”, explica Elizabeth Wayland Barber, antropóloga y arqueóloga especializada en la historia de la danza, en su libro The Dancing Goddesses: Folklore, Archaeology, and the Origins of European Dance. Barber, reconocida por su trabajo sobre los orígenes culturales y antropológicos del baile, sostiene que esta actividad ha sido crucial en la evolución humana, no solo como expresión artística, sino también como una herramienta esencial para la cohesión social.
Este aspecto de la cohesión también se destaca en el libro The Origins of Music, editado por Nils L. Wallin, Björn Merker y Steven Brown, donde se menciona que el baile permite la expresión de emociones complejas de forma no verbal, actuando como una catarsis emocional profundamente gratificante.
El poder transformador del baile quedó reflejado en el surgimiento del swing en las comunidades afroamericanas de Harlem, Nueva York. En este contexto, el swing no solo fue una forma de expresión artística y cultural, sino que también se convirtió en un símbolo de resistencia y unidad en tiempos difíciles. Hoy en día, sigue siendo más que un simple baile: es una forma de vida que inspira a personas de todas las edades a moverse, expresarse y, sobre todo, a conectar con los demás
La conexión del baile
Willy Oroya, técnico de mantenimiento de ascensores y bailarín aficionado, comparte su experiencia: “Me sentía algo solo, me acababa de independizar y no conocía a mucha gente en Bilbao. Solía ir a la jam session en el Espacio Open de Deusto; ese día llegué un poco antes y vi que estaban haciendo un taller de baile. De inmediato noté que la gente socializaba mucho, y eso era justo lo que necesitaba en ese momento”. A partir de esa experiencia, Willy ha continuado asistiendo a estos eventos sociales, cautivado por el ambiente inclusivo que caracteriza a los encuentros de swing.
Según un artículo de la Universidad ICESI de Colombia, titulado “Influencia de la música y danza en el desarrollo de la empatía”, bailar en grupo puede mejorar la cohesión social y aumentar la empatía entre los participantes. Grace Thagata de Oliveira, psicóloga general sanitaria, explica: “La danza puede generar una sensación de liberación y libertad, permitiendo que las personas conecten con su cuerpo y emociones de una forma directa y física”. Además, menciona que, al crear una nueva manera de expresión, la danza puede ayudar a gestionar las emociones de manera no verbal y a canalizar sentimientos complejos como el dolor, la frustración o el amor.
Grace añade: “Es verdad que el baile no está hecho para todos, pero aunque no sea tu actividad habitual, si estás abierto a probar nuevas experiencias, es fácil encontrar en el baile una forma creativa de liberar el estrés que puede generar la rutina”. Después de ese primer acercamiento, a Willy le costó un poco decidirse a apuntarse a clases de Lindy Hop para profundizar en este mundillo. “Me acuerdo que al principio no estaba del todo dispuesto a gastar dinero en clases. Sobre 2018, Arantza, una de las principales 6 promotoras del movimiento swing aquí en Bilbao, daba una clase gratuita cada una o dos semanas, y las aprovechaba bastante. Luego pensé que yendo directamente a los sociales podría aprender por mi cuenta, pero no fue así. La vergüenza, el no saber por dónde empezar… me resultaba complicado descifrar cómo se comunicaban al bailar, así que finalmente decidí apuntarme a clases”.
Lo que sí descubrió en esos primeros sociales fue que en los bailes en general existen dos roles fundamentales: el de "follower", que tradicionalmente hacían solo las chicas, y el de "leader", que en el pasado era solo para los chicos. Sin embargo, actualmente una de las cosas que distingue a la comunidad de swing de otros bailes sociales es que han desgenerizado estos roles, lo que permite que cualquiera pueda desempeñar ambos, independientemente de su género.

Pero volviendo a la experiencia inicial que puede vivir un principiante. Sentirse inseguro de las habilidades físicas puede aumentar la autocrítica y retenerte en una primera instancia. “Si una persona tiene baja autoestima, es más probable que sienta vergüenza al realizar actividades que requieren expresión corporal, como el baile”, comenta Grace Thagata. El recurso de Willy para superar este primer obstáculo fue aprender los conceptos básicos. En este punto fue cuando conoció a los profesores de Little Harlem, Iker y Gina, quienes le ofrecieron un espacio seguro para aprender “poco a poco”. Saben bien que: “bailar no requiere ser perfecto. No se trata de hacer los pasos de forma cuadriculada, sino de disfrutar del proceso”, como comenta Gina.
El tecnicismo del frenesí
Aun así, aunque inicialmente los movimientos del swing eran espontáneos y llenos de improvisación, con el tiempo, los pasos y técnicas se fueron codificando, además la inclusión de otros bailes contemporáneos ha hecho que, hoy en día, su aspecto técnico esté en constante evolución. En su autobiografía Swinging at the Savoy: The Memoir of a Jazz Dancer, Norma Miller, conocida como la “Reina del Swing”, narra su trayectoria como bailarina y coreógrafa. Miller, vivió en Harlem durante los inicios del swing, se convirtió en una de las figuras más icónicas de este estilo. A lo largo de su relato, describe cómo el Lindy Hop evolucionó, pasando de ser una simple danza social a convertirse en una forma de arte desafiante y atlética: “A medida que los bailarines de swing se volvieron más competentes, comenzaron a incorporar movimientos más complejos, como acrobacias, saltos y giros rápidos, que requerían gran fuerza, flexibilidad y coordinación”. Miller también menciona que esta evolución fue impulsada por la competencia entre los bailarines y “el deseo de impresionar tanto a los compañeros como al público”.
Video de página de Youtube de EstiloSwing
Cincuenta años después, Luis — pareja de baile de Sonia y con una vida dedicada a diferentes vertientes del baile clásico, contemporáneo y salsa — hace una observación similar: “Hoy en día, estos bailes están adaptados para personas de 50 años, es más llevadero, es normal, pero las personas más jóvenes piden más herramientas, y esas ya cuestan más. Siempre le digo a Sonia que pueden llegar a ser una locura”. Para él, a pesar del aumento de 7 la técnica en el baile, la improvisación sigue siendo fundamental: “Hay que hacer lo que te pida la música, no ser rígidos. Nosotros, que tenemos bases en diferentes estilos, no nos limitamos al Lindy cuando suena swing. Como decía Frankie Manning: ‘Si está sonando música swing, podéis bailar Lindy, pero también Shag o Balboa, crear’. Eso es lo que hacemos nosotros”. Sonia añade a esta reflexión con una anécdota que ilustra su punto de vista: “En Barcelona, tomamos cursos de Shag con profesores internacionales, buenísimos. Más tarde, en un social de baile, pusieron un mambo y a nosotros nos encajó meterle swing. ¡Estaban alucinando! Nos grabaron para incorporar nuestros movimientos a sus clases. Lo que quiero decir es que podemos ser alumnos de ellos, y ellos de nosotros. Todo es fusión; vas mezclando”.

Sonia y Luis mezclando pasos de mambo con Rock and Roll. Fuente propia.

La conexión en el swing no se limita solo a los bailarines; los músicos también desempeñan un papel crucial en la creación de una atmósfera que favorece el intercambio social. La improvisación y el ritmo característicos del jazz generan una sincronía que permite a los bailarines responder a los matices de la interpretación musical. Esta interacción dinámica entre música y baile establece una conexión única entre ambos grupos, en la que los músicos observan cómo su arte influye directamente en la energía y emoción de los bailarines. Andoni Aizpuru, saxofonista de bandas como Crazy Jazzers y Bizkaia Big Band, relata cómo la presencia de bailarines durante sus conciertos es fundamental: “No es lo mismo tocar para un público inmóvil, del que no sabes bien lo que piensa, si le gusta la canción o no, que para un público que baila. La energía que se transmite es mutua”. Y es que cuanto más eufóricos se pongan los bailarines, “mejor suenan las melodías”. Andoni, quien ha tocado diversos géneros musicales a lo largo de su carrera, encontró en el saxofón una conexión natural con el jazz, que se convirtió en el género central de su vida.
Reflexionando sobre el panorama bilbaíno, Andoni comenta: “El jazz es un género difícil; se ha convertido en algo comparable a la ópera. Aunque la conexión que se crea cuando ocurre es hermosa, es difícil de lograr. Los músicos de jazz a menudo son considerados 'frikis', ya que el género puede parecer estridente o incluso ruido para algunos. En Bilbao, es complicado que los gustos de músicos y bailarines coincidan plenamente”. Además, añade que no hay un punto intermedio para las actividades relacionadas con el jazz: “O hay festivales de alto nivel o no hay nada”. Por ello, cree que se debería hacer más en este sentido: “En Vitoria lo tienen bien montado; aquí en Bilbao no hay semana que no haya alguna actividad relacionada con el swing, pero quizás la escena musical debería pararse a pensar para quién toca la música y olvidar un poco el ego del músico”.
Andoni e Iker en una charla en Little Harlem. Fuente propia.
El olvido de las descendencia de las comunidades afroamericanas
En Bilbao, como en muchas otras ciudades, el swing ha ganado popularidad entre los entusiastas del baile. Sin embargo, aún persiste una desconexión con los orígenes afroamericanos de la música que acompaña cada paso. Gina, profesora de Little Harlem, lo reconoce: “Yo soy la primera que cuando empecé no tenía ni idea de dónde venía aquella música que tanto me llenaba, y ni me importaba”.
Esta falta de conciencia histórica no es inusual y, como señala Iker, está en parte relacionada con la apropiación cultural: "La 8 población blanca se apropió de este baile, popularizado en comunidades afroamericanas, mientras marginaba a sus creadores originales". No obstante, en varias ciudades del norte y centro de Europa, se está promoviendo un esfuerzo consciente por reconectar el swing con sus raíces afroamericanas. Aunque en Bilbao este aspecto avanza más lentamente, a nivel global se desarrollan iniciativas importantes para corregir este olvido. Eventos como el Frankie100, que rinde homenaje al legendario bailarín afroamericano Frankie Manning, y la creciente conversación sobre diversidad e inclusión en las comunidades de swing son ejemplos de esos esfuerzos. Aun así, como destaca Gina, la representación afroamericana sigue siendo minoritaria en muchas escenas contemporáneas de swing, lo que plantea el reto de cómo preservar y honrar esta rica herencia cultural, mientras se sigue disfrutando de la alegría del baile. Aun así, el swing no solo ha encontrado un hogar en Bilbao, sino que ha tejido una red invisible de conexiones, risas y pasos que, al ritmo de la música, desafían el paso del tiempo. Para quienes lo viven, no es simplemente un pasatiempo, sino una forma de resistir la rutina diaria, una expresión de libertad compartida. Quizás sea eso lo que tiene de adictivo: el swing no entiende de fronteras ni edades, y mucho menos de preocupaciones. Mientras suene una melodía y haya un espacio para moverse, esta comunidad continuará creciendo, contagiando su energía y demostrando que, a través del baile, la alegría siempre encuentra su camino de regreso. Al fin y al cabo, como dijo Frankie Manning, “el swing no es solo un baile, es una celebración de la vida misma”.

Asistentes a un taller de Sonia y Luis en Hogar Navarro.








.png)